Mi árbol favorito
De pequeña creo que tenía un árbol favorito. No me preguntes qué árbol era porque no tengo ni pajolera idea. La jardinería nunca ha sido lo mío. Lo que quiero decir es que no era mi árbol favorito por el árbol en sí, sino por lo que representaba. Era un árbol accesible, trepable, alcanzable para los ojos, pies y manos de una niña pequeña. Estaba en el parque al que iba todas las tardes a jugar. Terminaba de comer y llamaba por teléfono a varias amigas por orden de lista en la agenda de teléfonos, para averiguar quién podría ir al parque y quién no. ¿Qué necesidad? Total, íbamos todos los peques del cole al mismo parque y si no pues ya nos veríamos en clase al día siguiente. ¿Quizás de pequeña tenía poca tolerancia a la incertidumbre? ¿Tenía dotes de secretaria?
El caso es que yo llegaba al parque correteando y dando brincos porque caminar como los adultos era demasiado aburrido. Llegaba allí lista para otro día más de saltos y tropezones con las raíces de los árboles, con el inevitable despellejamiento de rodillas y muñecas que sucedía justo después.
Primera lección de vida: En ese parque ya aprendí que hay quienes merecen más espacio para jugar que otros. Concretamente, los chicos jugaban casi siempre al fútbol, bien esparcidos por el terreno como pavos reales; las chicas jugábamos en el huequecito libre que quedaba, sin molestar mucho, a poder ser.
Segunda lección de vida: El parque no es un sitio tan seguro como parece. Está lleno de trampas. Algunos años después, cuando ya tenía 11 o 12 años y era demasiado mayor para subirme a los árboles, empecé a aburrirme. Seguía yendo con amigas, pero tengo el recuerdo de estar parada sin hacer gran cosa y aburrirme. Una parloteaba con un chico mayor que ella (y que todas, porque debía tener 18 años el pavo) mientras la otra y yo nos mirábamos entre nosotras y acariciábamos al perro en plan "qué ganas de bostezar me están entrando, pero no lo haré por respeto a estos dos mochuelos". Yo pensaba "¿qué hace mi amiga del parque hablando con este chico como si fuera su novio?", cuando en realidad la pregunta correcta hubiera sido "¿qué hace un chico tan mayor como tú en un sitio como este?". Ahora pienso en ello y me incomoda bastante. No era una amiga muy cercana, solo "amiga del parque", pero ahora siento un poco de pena por haber juzgado a esta chica. Creo que no tuvo una infancia ni una adolescencia precisamente fáciles porque sus padres se divorciaron.
Volviendo al tema del árbol, que me voy por las ramas: creo recordar que solo conseguía subir una pierna porque la otra quedaba descolgada y me pesaba el pandero, provocando las risas de quién quería que apurases para subirse también. Había cola para subir porque era gratis. Eso sí, respetábamos siempre el turno de cada una. Eso es algo que deberían inculcarnos siempre: hay que respetar los límites y no invadir nunca el espacio físico ajeno. Me pregunto cómo se aprende eso si no te lo explican. Creo que en la lección del libro sobre el óvulo y los espermatozoides no venía explicado. En la de la mitocondria tampoco.
La sensación realmente poderosa de trepar era conseguir tomar impulso, mantenerse unos segundos de pie allí arriba y gritar triunfante “¡Qué alto se está aquí y qué pequeña te veo fulanita!” como si estuvieras a punto de echar un discurso al populacho. Muchos años después, fui muy feliz leyendo El barón rampante de Italo Calvino. A veces aún pienso que, tal como funciona el mundo, dan ganas de subirse a un árbol para no bajar, como hizo Cósimo.
Es probable que ese árbol ya no exista o haya crecido demasiado como para que me suba yo ahora o se suba ningún niño. Ahora aquel suelo lleno de hojas secas y raíces ha sido sustituido por un suelo anticaídas que amortigua los golpes. ¿Golpearse el culo con la piedra que hay al final del tobogán? ¿Hacer pucheros porque te has dado un golpetazo en el codo que te va a doler tres días? Esos tiempos de politraumatismos infantiles han pasado. Ya no volverán, y quizás es bueno que así sea.
Comentarios
Publicar un comentario